Théredor, el hombre errante

Théredor, el hombre errante

03/09/2018 Relatos 0

 

1.ª parte  

Théredor, hijo de Téoder y nieto de Théngor, era más conocido por el nombre de Dor, y todo el mundo en Lond Daer, un puerto de pescadores en el río Agua Gris, en la antigua región de Enedwaith, pensaba que se trataba de un hombre sucio y desalmado. Lo cierto es que no estaban muy lejos de la verdad al pensar esto, pero por sus venas corría la sangre de uno de los luchadores más respetados durante el asedio a Minas Tirith, en la Guerra del Anillo, y las gentes todavía sentían un profundo respeto al escuchar el nombre de su trastatarabuelo.

Él lo sabía y, con el tiempo, había aprendido a beneficiarse de ello. Luego, en la soledad, se avergonzaba de no estar a la altura de las historias que su padre le contaba de niño, aquellas en las que se sentía orgulloso y afortunado de ser descendiente del gran Targon.

Con la decadencia del ser humano, y la progresiva desaparición del resto de seres de la Tierra Media, la vida era cada vez más dura. Théredor fue pescador, como todo el mundo en Lond Daer; cuando la pesca escaseó se convirtió en campesino, en un paraje desolado a medio camino entre el puerto y Tharbad; y, finalmente, tuvo que empezar a robar para sobrevivir mientras viajaba hacia el norte, cruzando las desoladas tierras de Eriador. Robaba a los ricos, eso sí, pero en alguna ocasión se había complicado la tarea y había tenido que apalear a algún sirviente para que le dejara escapar con el botín. Luego lloraba durante las largas y frías noches a la intemperie. Se preguntaba si habría hecho algún daño irreparable.

Desde hacía unos meses, Dor vivía en Nueva Annúminas, que no era más que la vieja Annúminas, la ciudad fundada por Elendil, repoblada ahora por repudiados y desterrados que no tenían a dónde ir. Nueva Annúminas estaba ubicada al norte de Eriador, a las orillas del lago Nenuial y rodeada por las colinas de Evendim. El apelativo «nueva» no hacía honor al aspecto de la ciudad que, a lo lejos, parecía igual de abandonada que hace dos mil años. Las gentes malvivían en Nueva Annúminas, y sólo quedaba la sombra de la antigua capital del reino de Arnor. Nadie podría imaginar que aquella ciudad hubiera estado alguna vez gobernada por Isildur y los ocho reyes que le sucedieron (Valandil, Eldacar, Arantar, Tarcil, Tarondor, Valandur, Elendur y Eärendur). Mientras duraron sus reinados, la ciudad vivió su máximo esplendor, albergando los fragmentos de Nársil, la Piedra y el Cetro de Annúminas, el Elendilmir y el Anillo de Barahir, todos ellos desaparecidos en la actualidad. 

En el año 810 de la Tercera Edad del Sol (T. E.), tras la división de Arnor, la ciudad cayó en el olvido y, finalmente, fue abandonada. Más de dos mil años después, con el comienzo de la Cuarta Edad del Sol (C. E.), durante el reinado de Elessar, Annúminas fue restaurada, recibiendo el nombre de Nueva Annúminas, y se convirtió de nuevo en hogar del rey en el Reino del Norte. Sin embargo, después de la muerte de Aragorn II, en el 120 C. E.,  la muerte de Arwen, en el 121 C. E., y el supuesto asesinato de su hijo, Eldarion, en el 220 C. E., la ciudad se fue despoblando progresivamente otra vez, y, para el año 270 C. E. volvía a ser un puñado de ruinas y albergue de seres indeseados.

Hacía casi trescientos años que los elfos habían dejado la Tierra Media, convirtiéndose en un mero recuerdo; y los Pueblos Parlantes, como los enanos y los hobbits, fueron entrando en declive o escondiéndose. En el 278 C. E., Annúminas estaba habitada por orcos y algunas criaturas monstruosas, que habían cavado túneles bajo las ruinas y habían logrado subsistir a duras penas en aquel mundo nuevo. Ese mismo año, un grupo de hombres y mujeres sin nombre que se habían agrupado por conveniencia en el Bosque del Fardo, cercano a las ruinas, decidieron tomar lo que quedaba de la ciudad para tener un lugar en el que vivir de una forma digna. Dor era uno de ellos. 

Después de seis días y seis noches, 76 humanos fueron capaces de derrotar a más de un centenar de criaturas monstruosas. La mayoría murieron, y las cicatrices en el cuerpo de Dor atestiguan uno de los poco hechos de los que se siente orgulloso. Nueva Annúminas era más suya que de nadie, y él había sido uno de los primeros repobladores de aquel olvidado reino.

Sin embargo, según pasaban los meses, los 17 hombres y mujeres que quedaron con vida se fueron percatando de que la tierra había dejado de ser fértil, y que todavía existían algunas criaturas tenebrosas habitando los interminables túneles que había bajo la ciudad. El ganado desaparecía y resultaba extremadamente complicado cazar. Los animales habían escapado a otras zonas en las que poder pastar y criar a sus cachorros.

Dor comenzaba a pensar que tendría que echarse de nuevo al camino, en busca de un lugar en el que vivir.